
En la plaza principal de la comunidad Salasaka, ubicada a 14 kilómetros de Ambato, en la provincia de Tungurahua, los niños juegan y corren con sacos de lana de alpaca, que luego entregan a sus madres. Estas mujeres, sentadas en un círculo, hilan el vellón sin desviar la mirada.
Alrededor de la plaza cuelgan tapices que representan personas, animales andinos, escenas cotidianas y paisajes como montañas, el sol y la luna. Estos tapices están hechos de lana de borrego, material que aporta elasticidad y resistencia, teñido con pigmentos naturales de semillas y hojas.
En cada casa de la comunidad, los telares suenan mientras niños y jóvenes pastorean borregos y alpacas por los verdes campos, con el Carihuayrazo como telón de fondo. Las niñas corren hacia la cordillera para recoger plantas como la cochinilla y el kulki, utilizadas para teñir la lana, mientras grandes ollas hierven para preparar los tintes.
En la fría mañana, una mujer salasaca cubre la lana con un trozo de tela para protegerla mientras hila. Envuelta en ponchos y bufandas para combatir el frío de la montaña, solo sus manos, que giran un trompo de hilos convirtiéndolo en hilo, son visibles.
La comunidad Salasaka tiene sus raíces en la cultura Mitimae, que fue forzada a trasladarse desde Bolivia durante la época incaica. Actualmente, esta comunidad habita en un valle arenoso de 20 kilómetros cuadrados, conformado por 18 comunas dedicadas a la agricultura y la artesanía.
Cerca de la comunidad se encuentra el páramo de Mocha, conocido por sus amplias planicies donde pastan llamas y alpacas. Desde allí se puede ver la cima del monte Carihuayrazo, el hermano menor del Chimborazo.